viernes, 8 de octubre de 2010

Triste realidad

Es una noche de luna llena, las calles están mojadas y el cielo tiene una tonalidad rojiza. A pesar de estar nublado hace bastante frío, un par de grados bajo cero en pleno centro de la ciudad. Pero eso no impide que un treinta y uno de diciembre, el último día del año que todo el mundo celebra con alegría, sea para otros un día triste.
Son cerca las doce de la noche y no hay ni un alma en la calle, todo el mundo festeja como puede el fin de un año que para unos ha sido bueno y para otros no tanto. Solo se divisa a lo lejos, sentados en un banco, las siluetas de dos personas con la única compañía de sí mismos y una botella de vino, lo único que pueden llevarse a la boca para “calentarse”.
El hombre viajero siente que ha llegado a su destino, que es aquí donde tenía que llegar. No siente su cuerpo, no tiene frío ni hambre, no siente nada. Aún tiene que esperar un poco más para percibir todo eso, lo sabe, pero mientras tanto decide acercarse a las dos personas. De todas formas, piensa él, no tengo nada que hacer mientras espero.
Las dos personas sentadas en el banco no pudieron ver al hombre viajero, estaba lejos del alcance de ambos y tampoco podían percibirlo a pesar de que solo estaban a un par de pasos de este.
Ajenos a la presencia del desconocido empezaron a hablar, quizás para no sentirse tan solos. Se conocieron en la calle, su hogar, del único sitio del que no los podían echar.

-¡Eh Michael! ¿Por qué no te animas a cantar algo hombre? ¡Es fin de año! ¡Alegrémonos un poco anda!


Michael es americano y le encanta el mundo de la música, a lo que quiere dedicarse. Después de probar suerte por América y no obtener los resultados esperados, decide irse a probar suerte en otro país, donde no le va mucho mejor.

- No puedo cantar sin mi guitarra, Roberto- dijo con cara triste-. He tenido que venderla para conseguir algo de dinero.


Roberto tenía una esposa y dos hijos. Su mujer era abogada y él era gerente de una fábrica de coches. Tenían todo lo que deseaban y más. Pero su feliz vida empezó a ensombrecerse de la noche a la mañana. A la hija le detectaron un cáncer de pulmón que ni con todo el oro del mundo pudieron curar. Murió con tan solo tres años. La muerte de la pequeña afectó mucho a todos. El padre se encerró en su trabajo y apenas aparecía por casa. La mujer, para aliviar la ausencia de la hija y la falta de calidez del marido, empezó a buscar la compañía de otro hombre. El hijo se abandonó a las drogas. No pasó mucho tiempo hasta que el hijo murió de sobredosis, la mujer lo dejó y la fabrica en la que trabajaba cerrara porque iba a ser trasladada a un país con la mano de obra más barata. Sin familia, dinero, ni sitio donde vivir y sí, con muchos recuerdos y penas, se abandonó al alcohol y salió a las calles a vivir de lo que pudiera.

- Lo siento amigo- dijo Roberto-. Todo se arreglará y...¿Quién sabe? A lo mejor hoy cambia tu suerte.
-¡Ojalá! Renunciaría a cualquier cosa menos a la música. Me ha costado tomar la decisión de vender mi guitarra- dijo Michael con lagrimas en los ojos.


En los dos años que llevaba en el país había aprendido, gracias a Roberto, a dominar la lengua y cosas de la vida. Ambos habían aportado a cada uno cosas que, a pesar de las circunstancias, les daba motivos para seguir viviendo.
Desde los edificios cercanos llegaron gritos de ¡Feliz año! Ya estábamos en un año nuevo, un nuevo comienzo.

-¡Feliz año amigo! ¡Alegra esa cara!- dijo Roberto- Venga que si no cantas tu, lo hago yo...ejem, ejem...
- No, no...- lo interrumpió Michael- que como cantes nos llueve- dijo con una risa divertida mirando al cielo.
-Tan mal no canto, mira. Ejem...en un puertooooo italianooooo, al pie de la montañaaaaa...
- ¡Que arte!- rió Michael.
- ¡Espera que acabe hombre!- gritó Roberto- ¡Que esta es una buena canción de mi infancia!
- Vale, vale, continúa...
-Como era...¡ah ya! Vive nuestro amigooooo Marcooooo, en una humil...- Roberto se quedó callado llevándose una mano al pecho y con gesto de dolor.
-¿Qué te pasa compañero?- Michael estaba asustado- ¡Ayuda!


Pero nadie podía acudir, estaban solos en la calle.
El viajero sintió que ya era el momento, que no tenía que esperar más. A medida que la vida de Roberto se iba apagando poco a poco, el viajero era atraído como un fuerte imán hacia su destino.


1 comentario:

  1. Increible...o_o una gran introdución, espero que continúes esa historia. Saludos!!^^

    ResponderEliminar